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El horror de lesa humanidad es imprescriptible

Por Publicado Marzo 23, 2019
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Escribe Cintia Alcaraz - Fotos de Dagna Faidutti

 

Liliana Ottaviano, nacida en Quemú Quemú, es licenciada en Psicología, especialista en salud comunitaria e integrante del dispositivo de acompañamiento a victimas testigo de lesa humanidad, puesto en funcionamiento en La Pampa para el Segundo Juicio a los represores de la Sub Zona 1.4. Un mega juicio con más de 200 hechos, con 14 imputados y más de 40 años de impunidad.

 

Desde ese lugar, que habita desde que comenzó el juicio en agosto de 2017, decidimos conversar sobre la necesidad de acompañar a quienes con su testimonio vivo y para la reconstrucción histórica, se enfrentan a los tribunales, al Estado y a la sociedad que tantas veces se esconde o apenas existe.

 

¿Qué es y qué sentido tiene el dispositivo de acompañamiento?

 

El dispositivo de acompañamiento para víctimas/testigos de lesa humanidad se creó en 2010 en el Centro Ulloa y estuvo a cargo de Fabiana Rousseaux, quien fue su directora. El Centro depende de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Lo novedoso es que se trabaja con un marco teórico que establece una política pública de Derechos Humanos abordada desde el psicoanálisis. Acá se puso en funcionamiento a raíz de un acuerdo entre la Secretaria de DDHH y el Colegio de Psicólogos. Veinte psicoanalistas nos capacitamos con profesionales del Centro Ulloa y con quienes ya integraban el dispositivo creado para los juicios en Bahía Blanca.

 

El objetivo de esta herramienta es que las personas lleguen a declarar a la instancia Oral en las mejores condiciones subjetivas posibles. El dispositivo intenta alojar los efectos que aparecen en escena cuando la persona vuelve a relatar o relata por primera vez los hechos de los que fue víctima. Cada testigo podía acceder antes, durante o luego de declarar. También podían negarse. Nuestra tarea era explicarles por qué y para qué eran citadas en este juicio. Hay que tener en claro que la instancia llega después de 40 años y, lógicamente, había personas que no querían presentarse. También el objetivo del dispositivo era ir acompañando esta decisión para lograr que llegaran a ese proceso. Para esto fueron necesarias conceptualizaciones teóricas: ser víctima de un hecho acontecido en el marco de un genocidio reorganizador, la instancia de declarar, es un derecho que implica formar parte de la construcción de una memoria colectiva.

 

¿Y cómo surge esa necesidad de incorporar la disciplina del psicoanálisis?

 

Esto sucede como consecuencia de la desaparición de Julio López. En ese momento, se empieza a pensar en la protección de las víctimas/testigos, no solo física, sino desde un acompañamiento subjetivo que incluya también a sus familias. Se comienza a diferenciar al testigo en un juicio común de aquel que es víctima/testigo de lesa humanidad.

 

¿Una mirada integral? ¿Una perspectiva política más sensible?

 

Lo fundamental en esto es comprender que el Estado es el mismo, el Estado argentino y el Estado provincial, y entonces se posiciona a reparar lo que en ese momento lesionó. Vemos que la justicia considera que repara a través de las condenas. Desde el psicoanálisis sabemos que la reparación nunca es posible en su totalidad. Sin embargo, los procesos de memoria, verdad y justicia dan lugar a que las personas puedan poner palabras lo vivido,el horror de lo vivido.

 

Cada persona llegó al juicio portando las marcas en su cuerpo y en su subjetividad. No es lo mismo contarlo a sus familias, a sus amistades o incluso en una sesión terapéutica individual. Hacerlo frente al Estado, que establece un marco jurídico que garantiza los derechos de todos los ciudadanos, también de los imputados, permite que esa palabra empiece a tramitar algo de lo que se entiende por memoria colectiva. Por eso es tan importante esto de Memoria, Verdad y Justicia. Y, en particular, creo que hay que hacer hincapié en la Memoria y la Verdad, porque 40 años después lo más fuerte que tenemos que sostener es eso. La verdad se va a construir con los testimonios de las propias víctimas. Todorov dice que los totalitarismos del siglo XX lo que hicieron fue arrasar con la memoria. No solo eliminando registros, sino también eliminando la memoria de las personas.

 

La importancia de los testimonios es la importancia de la palabra. Pero tenemos que saber que todo acto de palabra tiene un efecto y que a veces son muy dolorosos. Un delito de lesa humanidad es imprescriptible, sus efectos también. No solo en el individuo, sino en la sociedad, en el lazo social que destruyen.

 

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¿Es posible reparar el horror vivido?

 

Estoy convencida de que las condenas, aún la máxima prevista por el código penal, no reparan el daño producido. Habiendo sido parte de este juicio, creo que una forma de reparación posible está dada en el proceso. En que la sociedad escuchó lo que cada víctima tenía para decir y también lo que tenía para no poder decir. En lo que significa la imposibilidad de narrar el horror. Este acompañamiento implicó mucha búsqueda, mucha tarea de armar una praxis para cada persona.

 

Los tribunales, los operadores de la justicia en general, tienen que darse la tarea de entender que la palabra dicha en una audiencia produce un nuevo acto subjetivo. Se reviven escenas, aparecen olores, colores. 40 años después la memoria es un collage de todo eso. Muchas veces salían y decían “esto ya lo había dicho, pero nunca de esta manera”. En otros casos, era la primera vez que podían hablar.

 

¿Y es posible un encuentro entre discursos tan disimiles como el jurídico y el psicoanálitico?

 

Los entramados del discurso jurídico y del discurso psicoanalítico son distintos. Para la justicia y para el psicoanálisis el sujeto no tiene la misma definición. La justicia espera que esa persona que llega al estrado, sea un sujeto total, que tenga objetividad, que narre los hechos con precisión. Para nosotros se trata de un sujeto divido por la falla, por el lenguaje, que no es capaz de responder a todo en ese momento. Básicamente porque empiezan a evidenciarse emociones. Desde nuestra mirada, hay tres registros en la estructura del sujeto: el registro de lo real, el simbólico y el imaginario. El registro de lo real es todo aquello imposible de representar -la muerte, la sexualidad, el horror y el delirio-. Esto no se puede inscribir en ningún registro. ¿Cómo podría una persona almacenar todo, poder contarlo como si fuera algo ajeno al horror vivido?. Y, aunque pudiera, el lenguaje no es capaz de abarcar eso. Agamben (Giorgio) dice que hay un resto inenarrable, que todo testimonio contiene una laguna, y que si uno pudiera interrogar en esa laguna, si nosotros pudiéramos darnos cuenta que eso imposible de testimoniar es donde se juega lo más fuerte de lo vivido por una víctima de un delito de lesa humanidad, estaríamos llegando al nudo, pero eso es intransferible.

 

¿Qué es un testigo victima?

 

Hay personas que se empecinaron en recordar minuciosamente porque sabían que en algún momento iban a poder decirlo. Esto sucede desde Auschwitz hasta acá y aún en genocidios previos. Primo Levi es el testigo victima por antonomasia, estuvo 10 meses en un campo de concentración y desde el primer momento quería registrar para poder contarlo. Igual, como dice Agamben, hay testigos integrales que son aquellos capaces de dar cuenta de todo. ¿Pero quién es capaz de dar cuenta de todo lo ocurrido en un campo de concentración? Los únicos capaces de contar todo, hasta el final, son los que ya no están.

 

La realidad es que quienes pueden testimoniar son los salvados, los hundidos nunca van a poder porque no están. Esto lo asocio a los vuelos de la muerte: nosotros podemos llegar a pensar o a describir a través del lenguaje qué significa que te tiren vivo de un avión, pero no hay nadie que pueda dar testimonio de ese horror.

 

¿Cómo manejaron el horror en este juicio los operadores de justicia y los medios?

 

Lo que vi es que hubo mucho respeto en las preguntas. No se ahondó en aquello que era lo más obsceno del horrror. En ese sentido, noté un cuidado especial. El relato de la tortura no debe tener un goce, una no debe quedarse escuchando la tortura desde ese lugar.

 

¿Qué actualidad tiene esto 40 años después?

 

Que el lazo social todavía no se recuperó. Personalmente no creo que en ese momento no se supiera lo que estaba pasando. En mi familia nos atendíamos con un médico de General Pico, yo tenía 9 años y escuchaba que mi papá decía que el doctor estaba triste porque tenía dos hijos desaparecidos.

 

Feierstein (Daniel) dice que los procesos genocidas no empiezan en el momento en que, por ejemplo, se dicta el Comunicado n° 1. Son previos y se dan sobre un contexto político, social, cultural que va gestando la rotura de los lazos, la construcción de un enemigo.

 

Los efectos no cesaron: una mujer relató que durante años vino a La Pampa de noche por miedo a que la reconocieran, a que alguien la vieran y la señalaran. El estigma continúa, algunos eran vecinos entre víctimas y victimarios. Esta mujer dijo en el juicio: “ahora voy a poder volver de día”.

 

¿Hay un estereotipo de victima?

 

En este juicio pudimos ver que hay distintas maneras de ser víctima. Hay algunas que pudieron militar, como Raquel (Barabaschi). Otras personas lo ocultaron porque hay un horror que no cesa. Que se reactualiza, es la repetición que lo traumático genera en las personas. Sí hay categorías, hay víctimas más políticas, referentes. Pero hay otras que son vecinas y vecinos comunes y que en este juicio pudimos conocer. Creo que debemos sentirnos en deuda con todas ellas.

 

En esto reconozco el trabajo del periodista Gustavo Silvestre que cubrió casi textuales los testimonios y lo que se vivió en el juicio. Cualquiera que leyera sus crónicas podía pretender que había estado ahí.

 

¿Crees que se trabajó una política del olvido en La Pampa?

 

Creo que hay una idea de que la Dictadura acá fue más leve, como si no se tratara de un engranaje de un armado nacional. La violencia del Estado terrorista fue precedida por una violencia económica que buscó, además, romper las organizaciones de base cooperativas, comunitarias, de economías regionales. Acá lo vemos con los hechos de Jacinto Arauz o la detención de Guardia (Rafael), militante sindical.

 

En Jacinto Arauz hubo procesos de delación. El pueblo hoy sigue atravesado por los hechos investigados en Sub Zona. El pueblo está divido entre los que estaban a favor de que el ejército ingresara casa por casa durante tres días, hubo delatores también. Ahí todo tuvo que ver con una escuela que estaba forjando una lógica, apuntalando a la construcción de una economía regional y esto era considerado subversivo. Un testigo relató: “no soy subversivo ni héroe, pero al pueblo no pude volver. Y me costó la familia”.

 

Tengo la sensación de que declarar les otorga dignidad, no porque la hubieran perdido, pero sí porque muchos sentían que había algo debían seguir escondiendo.

 

¿Y qué te pasó a vos humana y profesionalmente?

 

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Esta propuesta de trabajo fue casi un privilegio. Trato de escribir, porque también es una forma de tramitar algo individual que aporte a mantener viva la memoria. Se nos impuso durante años una política de olvido y fueron los movimientos de DDHH los que sostuvieron la memoria desde la base de la comunidad. Sí entiendo que las decisiones de Néstor y Cristina permitieron que esto fuera una política de Estado.

 

Otra cosa interesante del dispositivo es que tiene una escucha preparada, capaz de significar y resignificar lo que se está diciendo. Varios dijeron que nunca se habían sentido escuchados. A veces no sabíamos lo que iban a declarar, pero sí sabíamos lo que les había preocupado, angustiado, lo que les provocaba temor. Tenían mucho miedo a olvidarse detalles. ¿Cómo olvidarse de lo que no deja de estar en el relato simbólico?

 

Muchos pasaron 40 años intentando olvidar y ahí viene un juego interesante de cara y reverso de lo que es la memoria y el olvido. El olvido no es la cara opuesta de la memoria, no se contrapone. El olvido contiene todo lo que la memoria no es capaz de soportar. La memoria de la que hablamos en los juicios no se sustancia del afuera, sino que la produce la propia subjetividad.

 

¿Y qué pasa después?

 

Uno no sale de una audiencia de la misma manera que entra. Se produce un nuevo efecto luego de la palabra dicha sobre la víctima y sobre quienes escuchamos. Por eso es necesario seguir trabajando con la comunidad, en las escuelas. El juicio lleva un año y medio y veo que la comunidad deja de acompañar.

 

Y otra vez: ¿qué actualidad tiene todo este proceso?

 

Vemos que aparecen asociaciones pro Dictadura que pretenden equiparase a las organizaciones de Derechos Humanos. Estamos viviendo la construcción de una otredad negativa. Aparecen distintos significantes: antes eran subversivos, hoy son mapuches. Esto genera nuevos silencios.

 

¿Cuál es la importancia de los juicios?

 

Este juicio, 40 años después, permite que las victimas puedan entretejer la historia colectiva. Para pensar una política para todos, pero uno a uno. Pudimos salir de la trampa del “algo habrán hecho” y el “yo no estaba en nada”. Esto no fue una anomalía, esto fue un proceso gestado al amparo del Estado que determinaba quién vivía y quién no.

 

Lacan dice que la humanidad tiene sujetos que están dispuestos a ofrecer sacrificios a los dioses oscuros. El juicio sirve para que esto no vuelva a suceder, porque puede volver a suceder. Porque vuelve a suceder. Porque la humanidad produce genocidios también mirando para el costado, callando. La ética del psicoanálisis y la de los DDHH se rozan en el respeto por la diferencia, el psicoanálisis habla de la diferencia limitada. El respeto por el goce que cada uno de los sujetos puede instrumentar en su vida. Cuando hay intolerancia por el goce del otro, las zapatillas del pobre, el celular, empiezan los quiebres de esos lazos que sostienen la comunidad.

 

¿Es acompañable el horror?

 

Nosotros estamos acostumbrados acompañar el dolor, pero no el horror. Sin embargo, decidimos formar parte de este dispositivo para víctimas/testigos. No somos neutrales en este juicio. Personalmente, no podría atender a un represor, más allá de que considero que los represores no son analizables. El sujeto analizante es aquel que no cede al goce oscuro y entonces trabaja sobre la culpa del goce no cedido y la búsqueda de qué hacer con eso. El represor cedió y entonces no es posible trabajar con esa persona.

 

Decidimos acompañar la palabra. Ana Mohamed, cineasta catamarqueña, sobreviviente del Centro Clandestino La Perla, hizo un corto que se llama “Palabras” en el que empieza diciendo “el olvido sirve para protegerse, ¿la memoria para qué sirve?”.

 

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  • "El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza". Rodolfo Walsh