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Al maestro sin cariño

Por Publicado Abril 18, 2017
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Por Juan Carlos Martínez

 

Todo comienza por la mente. En ese surco humano se siembra todo. Las semillas del bien y las semillas del mal.

 

Somos producto de ese aprendizaje que comenzamos desde que asomamos a la vida. Si un niño se familiariza con la lectura, el libro será su mejor fuente de riqueza intelectual.
Pero si en lugar de libros ese niño pasa horas y horas frente al televisor como espectador de escenas de violencia –incluida la guerra- su mente estará abierta para aceptar, convivir y naturalizar la violencia y el belicismo. Es decir, la destrucción y la muerte.

 

Hay un paso previo a la maduración violenta: la construcción del odio en sus diferentes expresiones.

 

La cultura del odio tiene sus predicadores. Los hay en todas partes. Especialmente en los medios de comunicación.

 

Y también se aprecia en otros ámbitos bajo el estímulo de un gobierno que fomenta la pedagogía del odio en nombre del orden de las bayonetas y la paz de los cementerios.
La intriga, la sospecha, el insulto, la descalificación y la subjetividad sobre personas o instituciones son moneda corriente.

 

La ley del garrote es la que manda. Es la mordaza que usa el Estado para silenciar a sus disidentes. Garrote, balas de goma mezcladas con algunas de plomo, hidrantes y pimienta para ahogar cualquier manifestación.

 

No importa si entre los blancos elegidos son los maestros dando clase. Alfredo Bravo, también maestro, fue arrancado del aula delante de sus azorados alumnos en plena dictadura. Lo secuestraron y lo torturaron por hablar de justicia, libertad y derechos humanos.

 

¿Qué diferencia hay entre lo que vivió aquel docente socialista con lo que acaban de vivir cientos de maestros dando clase frente al Congreso de la Nación a plena luz del día y ante los ojos del mundo?

 

La diferencia está en el contexto en que se produjeron ambos casos. Uno en dictadura, otro en democracia. ¿Democracia?

 

Y eso es lo que está generando una creciente preocupación en amplios sectores de la sociedad, especialmente en quienes vivieron y sufrieron el terrorismo de Estado.

 

La brutal represión contra los docentes y el regreso de los bastones largos en Jujuy nos acerca cada vez más al pasado reciente.

 

Son los más claros ejemplos –entre tantos- del desprecio oficial por la educación pública.

 

Y del sin-cariño que Macri siente por los maestros.

 

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