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Cuidate, querete. Las manos en la tierra y el tiempo como aliado

Por Publicado Diciembre 07, 2017
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por Cintia Alcaraz

 

Cecilia Morales es, entre múltiples cosas, una obstetra formada en las técnicas tradicionales de la industria médica universitaria. Sin embargo, también es una de las voces más críticas que tiene La Pampa el sistema de opresiones impuesto por las corporaciones del miedo a los cuerpos y las mentes libres.


Su propuesta es parte de una filosofía política que irrumpe en una escena donde las mujeres, las personas con úteros, les humanes sangrantes son rehenes de prácticas violentas sobre la salud sexual, genital y mental. El autocuidado, la autogestión, los yuyos, las vaginas, la sangre y el amor propio en clave colectiva.


-¿Cómo y cuándo arrancaste con este paradigma distinto para el abordaje de la salud?


Estudié medicina pero no terminé. Me pasé a la obstetricia buscando la posibilidad de ser partera, pero el sistema no permite que se desarrollen saberes por fuera de la medicalización. A mi me interesa trabajar sobre cuerpos sanos y placenteros.


Ese fue el primer quiebre. Después, el diagnóstico de mi hijo (TEA) nos llevó a buscar como familia, alternativas a la nada que proponen los equipos médicos. Ahí apareció la planta de cannabis, la necesidad del autocultivo, de investigar y el uso del tiempo como principal aliado. Sobre todo, porque las familias estamos muy solas. Las intervenciones y terapias profesionales solo perpetúan la condición de paciente. Eso me conectó con todo esto. En mi paso por la Salud Pública había logrado el uno a uno con las mujeres, pero el trabajo lo hacía en soledad y eso es imposible. Renuncié.


-¿En qué consiste los talleres de autocuidado que venís proponiendo?


Se trata de estar entre mujeres, de laburar sobre nuestros malestares ginecológicos, sobre nuestros cuerpos sanos a partir del poder medicinal que tienen muchas plantas. Eso me permite hacer lo que quise desde el principio. Ser partera, yuyera, abortera. Como nuestras ancestras, quienes tenían saberes y los compartía con otras, que habilitaban una mirada horizontal en contraposición con la mirada hegemónica del profesional, que lo único que tiene para ofrecer es un fármaco.


En los talleres se proponen herramientas más amorosas con el cuerpo, que contemplan los padeceres de una mujer en esta sociedad patriarcal y capitalista. En ese sentido, la intención es aprender a autogestionar nuestra salud, a reconocer nuestros fluidos, saber cómo es nuestra sangre, perderle el asco.


-¿Es solo para mujeres?


Normalmente trabajo con mujeres, pero intento abrir mi cabeza. A veces pienso que hay varones trans que pueden sentirse excluidos y que tal vez deseen acercarse a esta propuesta. La idea es que esto nos sirva a los cuerpos con útero, a los cuerpos sangrantes. Estamos aprendiendo otras formas de estar y sentir en este mundo y de fomentar el acceso a la salud de aquellas identidades que normalmente están excluidas.


-Las violencias ginecológicas y obstétricas están legitimadas. ¿Tu propuesta  es una manera de hacerles frente?


La medicina tradicional da por sentada la heterosexualidad de las personas. Las lesbianas o las trans no aparecen en ningún manual. Es un sistema de control social, necesariamente violento. Lo sufrimos las mujeres en nuestros cuerpos y en los de nuestra familia, porque somos las que habitualmente, y por mandato, nos hacemos cargo.


Muchas veces el sistema médico enferma más de lo que sana, por eso el autocuidado es una verdadera política de salud.


-¿Qué diferencia hay entre ser partera y ser obstetra?


Acá recién se está armando la escuela de parteras comunitarias en Córdoba. Tiene que ver con revalorizar los saberes de los manteos, de las sobadas, de tocarse. Una concepción más espiritual del cuerpo, de la cercanía, de un mundo de mujeres. A la partera se la relaciona siempre con el parto, que finalmente es lo que hace la obstetra, pero en realidad  las parteras también sabían de yuyos, de aborto, de ciclos, de fertilidad.


La industria médica, cuando profesionaliza el oficio, se afana estos saberes y oculta la mayoría. Por ejemplo, los nacimientos no tenían nada que ver con la asepsia y la separación de lxs bebes de sus madres. Al contrario, era algo sagrado, para toda la familia y por eso sucedía en las casas.


Nos compraron el cuento de la seguridad y el status. Y lo cierto es que, en los países donde el sistema público garantiza los partos domiciliarios (Canadá, Holanda), está demostrado que el riesgo, en una mujer sana con una gestación normal, es el mismo que el que puede desatarse en un hospital. La patologización del proceso la genera el propio sistema. Las inyecciones, las intervenciones innecesarias, las condiciones estresantes, los nacimientos en serie. Muchas mujeres ni siquiera son conscientes de la violencia a la que son sometidas junto a su bebé. El miedo y la desinformación nos gobiernan.


-Hablaste del parto, momento en el que las mujeres o personas gestantes son un cero a la izquierda.


Precisamente, el parto es el evento sexual por excelencia, lo mismo que la lactancia y realmente no se tiene en cuenta las improntas en el psiquismo, los impactos de ese maltrato en la vida de la mujer. Además, como el bebé está sanito y eso es lo que socialmente importa, la mujer calla. La médica Adriana Marcus sostiene que las salas de obstetricia son salas de tortura donde se maltrata a la mujer y se secuestran a lxs bebés. Es fuerte, pero lo que dice es real. Está groseramente naturalizado. Recuerdo una lectura sobre el nacimiento y los orígenes de la violencia ¿cómo conecta una mujer con su maternidad cuando muchas veces es mutilada y con secuelas para toda la vida?


-¿Y el aborto? ¿Es posible pensar técnicas sin misoprostrol?


Eso es algo que estoy investigando. Antiguamente las mujeres usaban plantas para abortar durante las primeras semanas.  Por eso, cuando se usan en gestaciones un poco más avanzadas no funciona. Por ahora, creo que es importante disponer de plantas que acompañen el tránsito abortivo. Que lo hagan más agradable y que permitan desinstitucionalizar y desmedicalizar la práctica. Hay yuyos sedantes, analgésicos (amapola, manzanilla, melisa), algún aceitito para masajes.


-¿El aborto es un acto de amor?


Claro, es una decisión que debe ser acompañada en el lugar en el que la mujer quiera. Su casa, su cama, su familia, sus amigas o compañerxs. La posibilidad de tomar un té, de escuchar música. Hay mucho para investigar. También hay posibilidad de hacer uso ginecológico del cannabis. La farmacopea sostiene que la planta era usada por  nuestras ancestras con estos fines.


-¿Y de coger?


Todo esto habilita a hablar de sexualidad, de nuestras prácticas, de cómo buscar placer y como cuidarnos, conocer nuestros ciclos a partir de mirarnos los calzones. Eso el sistema médico no lo habilita, por el contrario, está todo normativizado. A los 13 años ya se le habla a una pibita del dolor menstrual, de la toallita, del dolor del parto y del dolor para coger. Una cosa totalmente chota y reprimida. Encima, patologizan nuestra salud mental. Si miramos los cuadernillos de ESI, nos encontramos con más de lo mismo. Es importante revisar todo.


-¿De dónde sacás estos saberes?


Hay muchos manuales que fueron y son invisibilizados por la ciencia. Traje bastante del Sur, donde estuve viviendo durante tres años, también para acompañar a mi hijo. Allá, en Epuyén, hay una red que se llama “Jarilla”, integrada por profesionales de la salud y personas interesadas en recuperar todo lo que tiene que ver con el uso medicinal de las plantas. Ahí es donde contacté con la médica rural, jubilada, Adriana Marcus. Ella daba muchos talleres para reconocer las propiedades de esos yuyitos que tenemos en los patios y en las plazas.


Lo cierto es que no hace mucho que se perdieron estos saberes. Si nos ponemos a pensar, vamos a ver que nuestras abuelas y bisabuelas los tenían. Fue la irrupción de la industria farmacéutica la que generó la mala fama de las plantas. Esto de que o te intoxican o no te hacen nada. Lo importante es sospechar, animarse, perder el miedo.


-¿El feminismo es un punto de reflexión?


Cuando hay una militancia y una lucha colectiva, el desafío es aprender a no abandonar nuestra individualidad. Incluso, para poder compartir mejor. Nos veíamos hechas mierda, dejando a nuestros pibes, fumando un montón, con gastritis, con nervios, angustias y así tampoco puede cerrar.  Esto se replicaba en cada grupo de mujeres activistas con las que hablaba. Había que buscarle la vuelta para no quedarla.


Autocuidarse es hacer una pequeña revolución. Qué, cómo, dónde compro, cuánto consumo. Esto abre otro panorama, la posibilidad de conectar con la huerta, de consumir más sano y hasta más económico. Por supuesto, lleva mucho tiempo, pero se trata de enterder que la mayor parte de nuestras vidas estamos produciendo para otros. Darnos la oportunidad de tiempo recreativo para nosotras. Si queremos ser rebeldes tenemos que tener un cuerpo sano.


-¿Recibís críticas por parte la corporación médica?


Yo no le pregunté a nadie. Hice el salto, renuncié. No llego a fin de mes, pero para mí es edificante. Hay colegas que se empiezan a acercar, algunas tienen curiosidad. Es un saber tan alejado de la facultad, de las estructuras de nuestra formación, que tiene como complejidad desaprender casi todo.


Como profesional de la salud apuesto al acompañamiento, a respetar la soberanía de cada persona. En Santa Rosa encuentro a muchas mujeres buscando eso. La idea es sacarle el saber al sistema médico que históricamente nos ha llenado los órganos con nombres de varón. En los manuales está todo descripto desde un modelo masculino. La idea es que seamos nosotras las que hablemos, porque somos las que conocemos nuestros procesos.


Una estrategia es, como con el recorrido con cannabis, que las plantas estén por fuera de las industrias farmacéuticas. Entender que las terapias empiezan cuando se ponen las manos en la tierra y que no va a haber recetas. Que hay que animarse y probar.


Cecilia Morales  integra, a su vez, el colectivo “Familias Cultivando Bienestar”, desde el que se ofrece información a quienes deseen llevar adelante terapias cannábicas.

 

Foto: www.campusrelatoras.com

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  • "El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza". Rodolfo Walsh