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La mirada de la muerte

Por Publicado Diciembre 30, 2017
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Por Juan Carlos Martínez

 

(Nota del autor: Este art√≠culo fue publicado en agosto de 2016. Cort√°zar lo hab√≠a anticipado mucho antes, cuando dijo que durante mucho tiempo los argentinos √≠bamos a viajar en el bondi junto al torturador. Al ritmo que marcha la impunidad, nos encontraremos con los genocidas a la vuelta de cualquier esquina).

 

Desciende del celular del Servicio Penitenciario Federal de traje y corbata como si fuera a una fiesta de gala. Los polic√≠as le ayudan a desplazarse. Lo cuidan como si fuera un tesoro. Una peque√Īa manta de color sangre sobre sus ensangrentadas manos esposadas.


Espero su ingreso en la puerta de acceso a la sala donde lo aguardan los jueces que lo est√°n juzgando por m√ļltiples delitos de lesa humanidad. Lo veo a dos metros de distancia. El fugaz cruce de mis ojos con su mirada de muerte me produce escalofr√≠os. Desde entonces ese cruce est√° grabado en mis retinas.


Han pasado algunos a√Īos pero de vez en cuando aquella mirada reaparece en mi memoria visual como una pesadilla. Veo su foto y me invade una sensaci√≥n de espanto.


Ahora lo veo en la sala, frente al tribunal, junto a los otros represores. Todos le rinden pleitesía. Es el rey de la desaparición, la tortura y el crimen.


Desde su asiento, ya sin esposas, sus ojos de muerte recorren la sala desde el lugar donde están los jueces y los abogados querellantes hasta las primeras filas ocupadas por familiares de sus víctimas.


Allí está Chicha Mariani, la abuela que sigue buscando a su nieta Clara Anahí, robada tras el ataque a la casa de la calle 30 el 24 de noviembre de 1976.


El genocida guarda el secreto del destino de aquella ni√Īa. Y otra vez vuelve a mirar a quienes est√°n a sus espaldas. Una oleada de odio recorre el espacio.


Por momentos quiere adue√Īarse de la audiencia. Los jueces le advierten sobre su condici√≥n de reo. Responde con una mueca cargada de odio mientras sus manos tintas en sangre se deslizan sobre un rosario entre algunos apuntes en los que aparece el nombre de Jorge Julio L√≥pez.


Un mensaje mafioso que es todo un desafío.


Siempre ha dicho que sólo Dios puede juzgarlo, aunque frente a sus indefensas víctimas su Dios juzgaba y sentenciaba con la picana eléctrica y la nueve milímetros.


En cambio, los jueces que lo juzgan no usan ni capucha ni cadenas ni grillos ni balas ni roban ni√Īos.


Termina la audiencia y vuelvo a la puerta por donde el hombre que lleva la muerte en la mirada saldrá esta vez vestido con ropa deportiva para dirigirse, nuevamente esposado, al vehículo que lo trasladará a Marcos Paz, un hotel de cinco estrellas comparado con las inmundas cárceles pobladas de pobres.


Est√° condenado a prisi√≥n perpetua, pero algunos jueces se han apiadado del m√ļltiple genocida ordenando su prisi√≥n domiciliaria, no por lo que dice la ley sino por lo que les dicta su ideolog√≠a.


Si semejante atrocidad se cumple, es probable que muchos argentinos se crucen, en alg√ļn momento, con la mirada de la muerte del genocida Miguel Etchecolatz.

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  • "El pueblo aprendi√≥ que estaba solo y que deb√≠a pelear por s√≠ mismo y que de su propia entra√Īa sacar√≠a los medios, el silencio, la astucia y la fuerza". Rodolfo Walsh