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¡Salú!

Por Publicado Junio 25, 2019
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Por Juan Pablo Gavazza

Cuando apenas existían los celulares, en la revista El Fisgón publicamos el número de Santiago Giuliano, para que lo supieran todos y todas. Era casi una provocación: el párrafo que “informaba” el detalle era una convocatoria a que lo llamaran para putearlo, reclamarle y todo eso.

 

Fue apenas una trevesura periodística de una revista antisistema, que no tenía expectativas respecto del Estado –por ejemplo- y que creía mucho más en la llamada “libertad de expresión” que en otros integradores sociales. Aquello, que hoy sería una pavada, fue un quilombo.

 

Lo que me sorprendió entonces fue que aparecieron personajes auténticamente del pueblo a hacer el reproche: una profesional sin aires elitistas, un ladrón de gallinas, una poeta, un gastronómico bohemio y hasta un político opositor me cojudearon en mesas de madrugada, diciéndome que era un gesto buchón y que esas cosas no se hacen.

 

Desde entonces, con cada número de El Fisgón, publicamos el celular de alguno de los tipos del poder que tenía que dar explicaciones. Esas cosas sí se hacen.

 

Santiago Giuliano nunca se quejó de esa payasada. Vino, se rió, chicaneó, no disimuló nunca el posicionamiento en una vereda diferente. Santiago Giuliano era, es y quedará para siempre como un personaje de una honestidad intelectual elevadísima en comparación con el promedio de la política pampeana. Mucho más elevadísima si en vez de la política tomamos el resto de las actividades públicas.

 

Cabrón a veces, politiquero de pura cepa capaz de tragarse sapos pero también de soltarlos todo de una vez, “Santiaguito” –como al final odiaba que lo llamaran- fue un personaje de esos que no pasan desapercibidos, con un nivel intelectual que bienvenido sea y además con esa manía saludable –dice uno- de darle al trago en las noches que se lo merecen.

 

Santiago se tomó todo y lo acusaron de borracho cuando no tenían nada que responderle. He creído, siempre, que los humanos que tienden a la borrachera son un poco más hermanos del resto de los humanos. Capaz que porque tienen más dolores por ahí, o sueños perdidos, o rincones de oscuridad solitaria. Como sea, las borracheras también son momentos que unen, que llaman, que prenden fueguitos.

 

Podría decirse que fuimos casi enemigos políticos con Santiago Giuliano. Escribí pestes sobre él. Él creía que era un soldado de Marín cuando yo creía que era un antimarinista empedernido (después se supo, porque el tiempo es maestro: ni una cosa ni la otra). Y sin embargo, en los peores momentos de la política –cuando el menemismo enterraba todo en la frivolidad y el puterío-, cuando había que buscar a alguien que pensara, que salvara del barro supremo a esa actividad hermosa que es la política, caíamos en Giuliano como uno de los explicadores mejor dotados. Y más convencidos.

 

Fue leal (ponele) a un gobierno plagado de agachadas –pero ojo, también de algunas bondades- , fue pariente del Marín Gobernador que se creyó omnipotente, fue irónico ariete legislativo de una época, fue un chicanero delicioso (incluso contra uno mismo), fue instrumento de cosas feas, sucias y malas, pero gestor de alianzas con eso que es el pueblo: la poeta laboriosa, el ladrón de gallinas, el gastronómico bohemio, el político opositor.

 

Nos habremos re puteado. Hubo un punto en esas confusiones del humano como del mundo en que parecíamos en una misma vereda: Giuliano pataleó contra el marinismo en plena crisis de 2001, dio portazos, armó listas, bordeó el denuncialismo, puso el freno de mano, hizo retranca, volvió al nido y nunca se fue.

 

En una charla con cerveza sin alcohol, una tardecita en su quinta nada ostentosa, me contó algunas cosas de cada uno de los peronistas que tejieron poder en la provincia. Algunas fueron para publicar. Otras no.

 

En mi percepción sensiblera y politicosa, siempre tracé un espejo entre los dos popes legislativos que tuvo aquel marinismo: de un lado, este Giuliano de las borracheras y el pueblo, que andaba en los sitios que uno visita, que tomaba en los mismos lugares y las mismas cosas; del otro, aquel Luis Galcerán que caminaba tan compadrón, que usaba palabras difíciles y que cuando salía de la casa tenía contacto con tan poca cosa.

 

Es pura sensación, casi una pavada, pero parecían dos exactos antónimos de la política, estuvieran en el partido en que estuvieran, sirvieran el interés que les tocara.

 

A veces, ponele, dos personas hacen cosas parecidas a la luz del día. Pronuncian similares discursos y defienden un mismo interés. Y sin embargo –pasa todo el tiempo- mientras uno de esos está convencido, se juega y avanza, el otro es apenas un mediocre alcahuete.

 

Se murió Giuliano este lunes, demasiado joven para todo. Ni sabía que tan jodido estaba. Es un pedazo de la política pampeana, en el sentido más profundo del término: un representante de las trampas y de los abusos de los ’90, un gestor del peronismo imbatible, un aprovechador de las bondades del poder, un cultor de las charlas a troche y moche.

 

No sé si exagero si digo que fue personaje decisivo en mi visión de la política. Lo vi en sus tiempos de poder enfrentado a mi mirada del mundo, pero convencido. Y nunca lejos del hondo bajo fondo donde el barro se subleva.

 

Fue un escuchador y un peroncho de acción, que se creía filosóficamente anarquista, y que a lo mejor por eso mismo era capaz de una mirada libertaria cuando el resto se escandalizaba porque publicaban su celular para que lo putearan.

 

Visto 305 veces Modificado por última vez en Martes, 25 Junio 2019 15:44

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  • "El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza". Rodolfo Walsh